sábado, 24 de enero de 2009

Sobre Israel y el conflicto Palestino (I)












"El Estado de Israel debe ser tan judío como Inglaterra es inglesa" fueron las palabras de Weitzmann, presidente durante mucho timpo de la Organización Sionista Mundial. No es una frase huca y hoy cobra especial relevancia cuando se lleva a cabo el genocidio contra el pueblo palestino. Aún no se encuentra un sólo periódico que explique las causas históricas del enfrentamiento en Medio Oriente. Todos coinciden en adjudicar el inicio del conflicto a la creación del Estado de Israel, el 15 de Mayo de 1948 pero sin entrar en detalles, ni mucho menos en profundizar acerca de la legitimidad de dicha creación.



Antes de 1948, Palestina se hallaba habitada por hombres y mujeres cuya lengua, cultura y filiación religiosa no se correspondía con la nacionalidad judía que se quería imponer en el territorio. Desde un principio se comenzó con la compra y colonización del suelo, por parte de colonos judíos como condicón para la creación de un Estado Judío. Se trataba de vincular la tierra a quien la cultivaba como requisito para la conformación de una nacionalidad. Pero eso no bastaba; el hecho de comprar parcelas de tierra convertía al judío en propietario. Esto conllevaba el peligro de que al ser propiedad privada, la tierra podría ser revendida a compradores no judíos. Como salución, el Keren Kayemeth Leistael (KKL), organización sionista para la compra del suelo, prohibió a los colonos judíos la enajenación de las tierras. Desde el momento de su adquisición sería propiedad nacional.



Aún así esta estrategia se hallaba limitada por el mismo modo de producción capitalista. Se planteó la cuestión de como conciliar la explotación del suelo en manos judías y la obtención de la máxima ganancia que podía darse utilizando mano de obra barata, en este caso, mano de obra árabe. La prohibición de vender y la necesidad de vincular el colono a la tierra y por otro lado, el rechazo a que los palestinos privados de sus tierras volvieran como jornaleros, hicieron que se excluyera el trabajo asalariado: de ahí el surgimiento de los Kibbutzim y los Moshavim, formas de explotación colectivas que no deben ser concebidas como formas socialistas puesto que responden a otros fines: su función fue la de crear un Estado Nacional Sionista; un enclave imperialista en una región de gran importancia geoestratégico-militar. El proceso de ocupación, es decir, la sustitución de un grupo poblacional por otro con el fin de crear un Estado Nacional, concluye parcialmente en 1948. parcialmente porque luego de comprar tierras (hasta 1947 sólo habían adquirido el 6,6 % del territorio Palestino), se lanzan a la conquista en su "guerra de independencia" de nuevos territorios y más tarde se completará la confiscación de tierra árabe por parte del Estado de Israel.



La declaración de independencia definió a Israel como un Estado Judío y Democrático. Israel, a diferencia de las democraciasburguesas occidentales no se considera el Estado de sus ciudadanos, es decir de los judíos, árabes, cristianos, etc, que viven en él, sino el Estado de los judíos, del pueblo judío.



Cerca del 20% de la población pertenece a la comunidad árabe. Siendo minoría -forzada- en el país, forma la inmensa mayoría regional. Su carácter de minoría hace que sea cada vez más oprimida y por consiguiente, discriminada. Esto para lograrse precisa de mecanismos tanto legales como administrativos. Encontramos por lo tanto privilegios y prefenrecias constitucionales para los inmigreantes y ciudadanos judíos. Se expresan en la Ley de Retorno y los Derechos de Ciudadanía. La primera garantiza el derecho de todo judío a emigrar a Israel; la segunda concede automáticamente la ciudadanía a todo judío que haya emigrado, tanto a ellos como a sus esposas, hijos, nietos, etc. Los árabes palestinos sólo pueden adquirir la ciudadanía por nacimiento, naturalización o residencia (después de una larga y engorrosa lista de condiciones) y mientras acepten ser considerados ciudadanos de segunda.



Las organizaciones judías (como la Fundación Judía Nacional, la Agencia Judía y la Organización Sionista Mundial) gozan de un especial estatuto constitucional y sus proyectos se coordinan con el gobierno, por lo que tienen acceso a los órganos de decisión, además de recibir beneficios fiscales. Nada de ésto puede suceder con los árabes.



Al servicio militar asisten sólo el 10% de los árabes (siendo el 20% de la población total), eso es una ínfima parte. Esto importa ya que los que son llamados al servicio, gozan de exenciones fiscales, hipotecas ventajosas y trato de favor en la consecución de los empleos públicos y vivienda. Lo que se intenta decir es que el conflicto no sólo se debe a la existencia del Estado Sionista (o como creen algunos, a la no existencia de un Estado Árabe), sino que ese conflicto nace y se reproduce todos los días desde ese Estado y su sistema jurídico-administrativo.



Así sueno paradójico que el sionista argentino Gustavo Perednik afirme que "Europa no perdona la contribución judía en la formación de los idiomas europeos, sus artes, filosofía, música, educación, ciencia y religión. Untributo seminal a la civilización europea"(...) Mientras se arroga "lo mejor" de la civilización occidental, sostiene a un Estado confesional-racial que ni siquiera aplica los tan laureados principios de la "civilización europea", como lo es el derecho a la igualdad. Y se compadece de los pueblos árabes que están sometidos a los peores regímenes de la tierra, monolíticos y violentos, en los que los derechos humanos son hollados, no hay libertad de conciencia ni de opinión". Resulta dificil saber si está hablando de los vecinos árabes de Israel, o de Israel mismo (más aún cuando se les acaba de impedir a los árabes de participar en la Knesset). Hay que recordar que los árabes se ven sometidos por un lado por sus propias burguesías, pero en Israel por el mismísimo sionismo, que en sí, es la ideología de la burguesía judía.



Un problema de particular relevancia para el sionismo es la alta tasa de natalidad árabe. Para garantizar la "judaización" de Israel, deben limitar la presencia árabe, ya que su crecimiento vertiginoso rompería la homogeneidad del territorio ocupado. Esto último es la principal causa de que sea incompatible para el proyecto sionista la creación de un Estado Palestino viable (es decir, que no sea un bantustán). La presencia de ciudades enteras con mayoría demográfica árabe como en el caso de Galilea (Nazaret) podría llevar a los ciudadanos árabes a pedir la fusión con un posible Estado Palestino. De esta manera, para evitar la posibilidad de que los árabes superen en número a los judíos, las autoridades se ven obligadas a continuar (con altibajos) la política de ocupación de tierras para asegurar el Estado Judío en el llamado núcleo de Israel. Esta políctica hizo que en 1976 la población árabe que estaba viendo confiscar sus tierras, resistiera por medio de huelgas generalizadas que fueron sangrientamente reprimidas. Desde este momento, los árabes israelíes se autodenominan Palestinos.



En aras de mantener la homogeneidad en el Estado judío se premeditó y planificó desde el Estado, la expulsión en masa de los árabes; aún cuando los recuerdos de los desplazamientos fozosos de judíos en la Eurapa Central y Oriental estaba fresco.



El historiador y biógrafo oficial de Ben Gurion, Michael Bar Zohar afirma que cuando le preguntaron al citado presidente qué se debía hacer con los palestinos que no habían partido al ostracismo respondió que se les debía expulsar. lo mismo ocurrió en Nazaret, ciudad en la cual los árabes no habían huído tras la conquista israelí: cuando Gurion llegó a la ciudad se indignó a la vista de tanto árabe y exclamó: ¿Por qué tantos árebes?, ¿Por qué no los habéis expulsado?



(Continúa)

viernes, 23 de enero de 2009

Apuntes sobre el nacionalismo burgués

Apuntes sobre el nacionalismo burgués
La crisis del neoliberalismo en América Latina reflota aspectos teóricos que no se veían desde la segunda postguerra. El ascenso de la lucha de clases produjo una ola de gobiernos de “centro izquierda” que a los ojos de las masas marca el nadir del “desaparecido” modo de acumulación neoliberal.
Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia, Lula en Brasil, Tavaré en Uruguay, Correa en Ecuador, Bachelet en Chile, Kirchner en Argentina, todos se arrogan la idea de cambio, aunque con sus variantes particulares.
Trotsky durante su exilio en México, tuvo la oportunidad de presenciar este fenómeno durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, al cual denominó “Bonapartismo Sui Géneris”: “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea las condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui géneris, de índole particular. Se eleva por así decirlo, por encima de las clases” (La industria nacionalizada…)
En la literatura actual, este fenómeno se caracteriza por su impresición conceptual: Gobierno nacionalista burgués, bonapartismo sui géneris, populismo, etc. Por el momento conviene utilizarlos como sinónimos.

Desde el enfoque estructural se ha denominado al populismo como “una específica estrategia de acumulación de capital, es decir, como una estrategia que hace de la ampliación del consumo personal y eventualmente de cierta distribución de ingresos, una componente esencial. Es por lo tanto, la estrategia de acumulación de una cierta fracción de la burguesía, en una etapa determinada del proceso de acumulación capitalista (Vilas).
Si acordamos en que es una estrategia de acumulación capitalista, no puede menos que ser burguesa.
Cualquier intento de reformas dentro del marco capitalista, no puede menos que ser utopía pequeño burguesa y por ende reaccionarias (en tanto no pone en cuestionamiento la propiedad privada de los medios de producción y reniega de la lucha de clases).
Capital Nacional y Capital Extranjero:
La pretensión de independencia nacional que levantan en sus programas los gobiernos nacionalistas burgueses, indefectiblemente colapsan ante las ataduras estructurales entre el capital nacional y el capital foráneo.
Históricamente, el desarrollo de la burguesía argentina se produce en la época del imperialismo, de la concentración y centralización del capital. Desde su nacimiento, la industria argentina refleja la característica de la época imperialista, que es el monopolio, y se centraliza en un reducido numero de manos, entrelazada a los terratenientes y al capital extranjero (Peña).
A fines del siglo XIX, Tornquist, notorio agente del capitalismo internacional, funda refinerías, compañías azucareras, cervecerías, talleres metalúrgicos, etc (toda vez que quiso ampliar sus negocios, lo hizo aliado al imperialismo); Di Tella, otro industrial de la época, depende la Westinghouse norteamericana; la fábrica Alpargatas es un satélite de la Douglas Fraser y Sons.
Estas empresas “nacionales”, sólo llegan a ser grandes empresas cuando estrechan vínculos con el capital financiero internacional.

150 años después, obviamente, la situación es la misma, si bien Claudio Katz distingue entre dos tipos de burguesía: una “nacional” y otra “local”. Citamos: “En su acepción corriente el término burguesía nacional es utilizado para indicar el comportamiento y los proyectos de la clase dominante. Es un concepto político que no describe solamente la presencia de industriales o banqueros argentinos. Se refiere a los propietarios de los medios de producción que reúnen ciertos atributos para impulsar un modelo de crecimiento hacia adentro semejante al que prevaleció desde los años 40 hasta los 70. Estos rasgos incluyen jerarquizar el mercado interno, apuntalar la acumulación endógena y desenvolver políticas económicas autónomas. Estas características están ausentes en la actualidad y por eso (el gobierno “nacional y popular”) habla de reconstruir al actor (clase) de ese modelo capitalista. Lo que sí existe es una burguesía local, que desarrolla negocios y conductas muy diferentes a su “contraparte” nacional. En la cúpula industrial (…) predominan sectores estrechamente asociados al capital extranjero. Entre ellos juegan un rol protagónico las empresas transnacionalizadas que han buscado contrarrestar la declinación del mercado argentino con operaciones en el exterior. Techint es el prototipo de este tipo de compañías” (Katz, Qué burguesía hay en Argentina).
Si pasamos revista a los directivos de la U.I.A. encontramos a personajes como Lascurain y Betnaza, ambos ligados a Techint. Sus vicepresidentes, entre ellos, Acevedo (de la aceitera Deheza) y Ureta Sáez Peña directivo de Peugeot (relacionado a la desaparición de trabajadores durante la dictadura por “bochincheros”).
Entre los socios de U.I.A. se hallan Telecom cuya estructura del capital se compone principalmente por Nortel inversora (de Sofora Telecomunicaciones) de capitales belgas, franceses e italianos. El presidente de la entidad en Argentina, Carlos Felices cuenta en su haber el paso por Repsol Y.P.F. y el laboratorio Pfizar, uno de los mayores productores mundiales de medicamentos, que en 2006 ataca en juicio al Estado filipino para impedirle producir un medicamento genérico y en 1996 es demandado por el Estado nigeriano de Kano por utilizar secretamente a niños como cobayos en pruebas de medicamentos.
El vicepresidente de Telecom, Gerardo Werthein accionista del Grupo Asegurador caja de Ahorro y Seguro S.A. surgido de las privatizaciones de los 90, aliado en 1999 a Assicurazioni Generali (uno de los principales grupos de aseguradores de Europa y el mundo) y que incursiona en ámbitos agropecuarios, bancario y comunicaciones.
Otro socio – aliado de la U.I.A. es el grupo Socma al cual pertenecen los Macri (a través de la concesión del ferrocarril Belgrano Cargas). Incursiona en áreas como minería, transmisión y generación de energía, servicios ambientales, G.N.C., concesiones viales y explotaciones agrícolas, etc, a través del holding Sideco (ligado a Movicom de Joint Venture y Bell South) y Fiat, Peugeot y General Motors. Al grupo Socma también pertenece “Estancias del Sur S.A.”, sexto exportador cárnico, aliado a Mitsubishi Internacional Co (Japón).
Vemos que, prácticamente, la U.I.A. termina por confundirse con su “entidad colega” la A.E.A. (Asociación Empresaria argentina) cuyo presidente, Pagani, es a su vez presidente de la firma Arcor aliado de la multinacional Bagley de capital francés.
El vice de la A.E.A. es, justamente, Paolo Rocca, presidente de Techint, quien en este momento pide la intervención de Kirchner por la nacionalización del holding ternium (sidor) que Chávez está llevando a cabo en Venezuela.
También encontramos al Grupo Miguens, que luego de vender Quilmes, compra la Sociedad Argentina de Electricidad junto a Guillermo Reca (ex Merrill Linch, ésta participa de la compra). Bemberg – Miguens además es propietario de Cítrica San Miguel y la minera Patagonia Gold.
En fin, la lista de los socios de la A.E.A es larga: Magnetto (Clarín), Sebastián Bagó (de laboratorios Bagó, aliado a Pzifer, Bayer, Schering, etc), Klima (de Volkswagen), Fortabat Lacroze, Acevedo, Roggio, Miguens, Gomis Saez (Repsol), Alfredo Coto, Grobocopatel, Ureta Sáenz Peña, Caride, Felices, etc, etc, etc.

Esta es nuestra burguesía. No importa cómo se la adjetive, local o nacional. Esto en última instancia es un problema conceptual. Lo que queda claro es que la clase dominante es la misma que en sus orígenes, es decir, la burguesía argentina, socia menor y subsidiaria del imperialismo.
El gobierno actual y su antecesor llamaron a reconstruir la burguesía nacional, como si no existiese, como si ellos no lo fueran. Y, si nos atenemos a la conceptualización de Katz, en cierto sentido están en lo cierto. Si lo que llaman burguesía nacional se identifica con el “empresariado responsable”, que promueva el mercado interno y una reindustrialización abarcativa, quiere decir que la burguesía de los días que corren es irresponsable, orientada a la exportación, la actividad primaria y promotora de salarios de hambre.
Pero no debemos caer en semejantes simplificaciones. Históricamente el monopolio del mercado acentuó la tendencia de la burguesía industrial a invertir capital en las industrias productoras de artículos de consumo, que agrava el desequilibrio de la estructura industrial ya que no se acompaña de un paralelo desarrollo de la producción de medios de producción. Las industrias básicas para el desarrollo económico, es decir, la energía, los combustibles, los transportes, etc, no tientan a los capitales nacionales.
En nuestro país existen instalaciones industriales que constituyen el último exponente de la técnica, son progresos importados que permanecen como islotes en medio del atraso general (por ejemplo en Córdoba fábricas de ladrillos funcionan a leña y ruegan por una conexión de gas).
Como explica Milcíades Peña, la industrialización significa desarrollo de la composición técnica del capital, incremento y preponderancia de la producción de medios de producción, etc. Pero implica y supone mucho más. Implica modificaciones de la estructura de la sociedad; ante todo, modificaciones en las relaciones de propiedad.
El capital internacional estimuló el desarrollo económico del país pero sin sacarlo de su atraso. La gran industria moderna instalada coexiste con un atraso general de la economía, el que a su vez reacciona sobre la industria imprimiéndole un carácter improductivo, ineficiente, atrasado en su conjunto, pese a la importación aislada de tal o cual última palabra de la técnica. El imperialismo impide la industrialización del país (que busca superganancias y la obtiene en base a la explotación de los sectores atrasados de la economía mundial. Por lo tanto perpetúa esos sectores atrasados como tales).
Pero no sólo el imperialismo necesita mantener el atraso del país. La burguesía argentina tiene sus raíces profundamente hundidas en el atraso. También ella extrae del atraso una porción de superganancia, también ella tiene interés en perpetuarlo.
Por eso dentro del régimen burgués, es decir, dentro de los marcos de la propiedad privada, no puede haber verdadera industrialización. Si el motor y razón de ser del capitalismo es obtener la máxima cuota de ganancia y ésta, a su vez, brota de la explotación del atraso, la conclusión obvia es que la burguesía argentina cumple un papel parasitario y que el progreso industrialista, la subversión del atraso queda en manos de la única clase no ligada al capital extranjero ni al régimen burgués, es decir, a la clase obrera y su dictadura.
Luego de haber “librado a la economía de los tentáculos estatizantes y socializantes” del Estado hace 30 años, los planteos de laissez faire, laissez passer son puestos en cuestionamiento en la teoría y la práctica incluso en el plano internacional. A raíz de la crisis económica mundial, no sólo los más férreos defensores de la ortodoxia librecambistas en EE.UU. exigen la intervención estatal, sino que, a modo de ejemplo, el gobierno británico (un baluarte simbólico del capitalismo mundial) tuvo que nacionalizar uno de sus bancos.
El proyecto nacionalista burgués de los países semicoloniales latinoamericanos se basa en una serie de reformas dentro de los marcos del régimen y por lo tanto “legales”.
A través de las nacionalizaciones, expropiaciones e inversiones en infraestructura, el Estado trata de ampliar la actividad industrial como nuevo patrón de acumulación y para salir de los estrechos límites que impone el modelo primario exportador.
Como Chávez en Venezuela y Cárdenas en México (durante los años 30) el régimen nacionalista burgués maniobra con el proletariado, llegando incluso a hacerles concesiones. La expropiación del petróleo, o de las ramas de los hidrocarburos no debe confundirse con comunismo ni con socialismo, sino que esas medidas “se encuadran enteramente en los marcos del capitalismo de estado”, aunque se las considere como una medida de defensa nacional progresista. Pero, como dijo León Trotsky, el proletariado internacional no tiene ninguna razón para identificar su programa con el programa nacionalista burgués. Los revolucionarios no tienen necesidad de cambiar de color.
El aumento de salarios, la legislación social, la política social, etc, recogen demandas levantadas desde hace mucho tiempo por las masas. Es justamente la movilización de las masas, la acentuación de la lucha de clases y la necesidad de un nuevo patrón de acumulación, lo que posibilita la aparición política de los gobiernos populistas.
Pero Chávez no es Kirchner, ni Morales, Tabaré. Si Cárdenas llevó a cabo las expropiaciones de petróleo y ferrocarriles, realizo la reforma agraria más profunda en la historia mexicana, impuso impuestos a los “beneficios extraordinarios” e impartió una “educación socialista”, se puede decir que fue más consecuentemente populista que nuestros contemporáneos.
Parece dudoso otorgarle la categoría de populista a los gobiernos de Kirchner y Tabaré. En mejor situación se hallan Chávez y Morales (y su retórica “socialista”). Pero éstos, si se nos permite una comparación – algo mecánica - no representan más que una desagradable mueca de la historia. Frente a Cárdenas, Vargas, Perón o Nasser, se erigen como una vulgar caricatura de lo que fue una farsa.
En Argentina encontramos la versión chavista en la figura del otrora candidato a presidente Fernando “Pino” Solanas. Su programa se adecua dentro de los lineamientos del nacionalismo burgués: “reapropiación pública de nuestros recursos naturales y estratégicos, la nacionalización del petróleo, el gas y la gran minería (…) junto a otras riquezas que nos han quitado”. Como vimos las nacionalizaciones no son incompatibles con el régimen capitalista, pero depende de la forma en que se hagan. Chávez está pagando suculentas indemnizaciones al imperialismo. Los marxistas abogamos por la expropiación sin pago; Solanas calla ante este punto y olvida decir que quienes nos quitaron los recursos fue el imperialismo y su socia menor y subsidiaria burguesía “nacional”.
“Alimentar y curar”, su segunda consigna contempla la erradicación del hambre y la desnutrición y procura el tratamiento médico gratuito. Para esto es necesario producir los medicamentos por laboratorios universitarios, pero cómo lo logrará sin romper con los Bagó y las presiones de sus socios Pzizer, Bayer, Scherin, Gebro Fiebre Brunn, etc, es un misterio.
Plantea la “promoción de un área de empresas sociales de calidad” y el “apoyo y estímulo a las empresas y fabricas recuperadas y el traspaso de la propiedad a sus trabajadores”. Pero se queda a mitad de camino; el Estado debe ejercer un verdadero monopolio de las industrias y empresas del país, planificando la producción y monopolizando el comercio exterior. Pero esto sólo puede lograrse mediante las decisiones que se tomen al interior de consejos obreros, de forma democrática.
Solanas llama a “democratizar la democracia”, convocando a una Asamblea Constituyente. Esta es claramente una consigna burguesa; a la pregunta “quién participará de la Asamblea”, se nos responderá “el pueblo”. Pero esta es una categoría difusa que interpela a distintas clases de la sociedad, y tiene como fin la “armonía social” que supuestamente, se alcanza mediante la participación política y social de las masas populares. Pero dicha armonía es una ilusión, puesto que en el régimen capitalista el antagonismo capital/trabajo es imposible de superar. Tarde o temprano la lucha de clases recrudece, lo que llevará a la bancarrota a la Asamblea Constituyente integrada por burgueses y obreros. La superación de la consigan Asamblea Constituyente consiste en el llamamiento a la creación de consejos obreros, el mayor ejemplo histórico de verdadera democracia directa y radical.
Entre otras de las consignas reformistas que plantea se halla la “suspensión del pago de la deuda externa”. Después de declarar la ilegitimidad de la deuda nos dice que “debe establecerse como prioridad a quién, por qué y cuánto se debe; por ello se propone la suspensión de la totalidad de los pagos y un censo obligatorio de acreedores”. ¿Acaso Solanas por medio de estas medidas trata de encontrar a acreedores “legítimos”? Si se sabe que la deuda es ilegítima, ¿para qué suspenderla? ¿Para qué un censo? Sería más consecuente si planteara la nulidad de la deuda externa, pero parece que no quiere mojarle mucho la oreja al imperialismo…
Por último plantea la fantasía pequeñoburguesa de hacer de América Latina un “bloque regional de poder en defensa de la paz mundial” siguiendo los ejemplos de Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador!
El imperialismo no permitiría jamás que los débiles países latinoamericanos se conviertan en una poderosa federación, tampoco aceptarían esto las burguesías “nacionales”, enteramente entroncadas al capital imperialista. No les conviene suprimir las aduanas interiores y controles de cambio a cuya sombra se enriquecen. El resultado es que Latinoamérica no tiene una gran industria siderurgica, una gran industria de maquinarias, etc (Peña).
“Desde el momento en que objetivos democráticos o nacionales (tales como la expropiación de los terratenientes y del capital extranjero) sólo pueden ser realizados por la clase obrera apoderada del poder, la revolución, si ha de triunfar, debe ser obrera. Y sus métodos, tales como la planificación de la economía y el armamento de los trabajadores, serán métodos socialistas. Democrática y nacional por sus objetivos inmediatos, obrera y socialista por sus métodos y por la clase que la realiza, la revolución en Latinoamérica tendrá un carácter permanente.
Sólo estados obreros podrán levantar una Federación de Repúblicas Socialistas latinoamericanas.
Lejos de pregonar el pacifismo burgués, los estados obreros incitarán a la guerra de clases en todo el orbe, tanto en Europa, como en EE.UU.
Pretender edificar el socialismo en un solo país o un una región en particular es estrangular la revolución mundial. El capitalismo en su fase monopólica se erige como sistema mundial. El socialismo como superación dialéctica del capitalismo, no puede menos que instaurarse a nivel global.

El Fin del Modelo:
La etapa del capitalismo nacional, con una cierta distribución de ingresos, deja paso a la etapa del capitalismo transnacional, con concentración real de los ingresos. El proyecto nacionalista burgués al apoyarse en la ampliación del consumo de masas, implica aceptar una regulación extraeconómica de la tasa de ganancia, y eventualmente una cierta reducción de ella (aunque el crecimiento del mercado interno implicaría la generación de una masa de ganancia mayor que vendría a compensar la reducción de la tasa de ganancia).
La existencia de los controles estatales actúa negativamente sobre las expectativas de futuro de las empresas y tiende a desalentar la inversión.
El motor de la economía capitalista es la tasa de ganancia empresarial, la burguesía trata de aumentarla, pero el proyecto le impone un techo.
El populismo, nacionalismo burgués, bonapartismo sui géneris, siempre combina elementos conservadores con elementos de progreso: asume un proyecto burgués pero lo asienta en la activación de las masas y la clase obrera; pregona la armonía y conciliación de clases pero, para ello, debe legitimar la idea de cambio, movimiento, contradicción.
La movilización popular siempre resulta excesiva para la burguesía; así, siendo una estrategia burguesa, cae golpeada por la misma burguesía.
Alan Knight dijo:“Si Cárdenas salvó a la burguesía mexicana de la revolución o del derrumbamiento (lo cual parece dudoso), la burguesía no mostró mucha gratitud”. Lo mismo podemos decir de la burguesía venezolana y boliviana, para los tiempos que corren.

Clima bélico en el Cáucaso





1990 – 91 fueron años en que comienza la desintegración territorial de la antigua Unión Soviética, dando origen a nuevos estados declarados independientes de la ahora Rusia capitalista. Georgia fue uno de ellos.
Sin embargo, este enclave caucásico se caracteriza por la coexistencia de una pluralidad de etnias, desplazadas y reacomodadas durante siglos.
Primero con la zarina Catalina II y doscientos años después con Stalin, Georgia fue rusificada a fuerza de colonos y popes (tanto con el cristianismo ortodoxo como con el “diamat” de los epígonos). Los territorios hoy disputados, Osetia del Sur y Abjasia han acentuado las diferencias étnicas al punto que un plebiscito en 2006 otorgó el 99% de los votos a favor de la independencia. Las mayorías de estas regiones separatistas, rusófonos y con pasaporte ruso, reafirmaban la voluntad autonómica respecto a Georgia.
El viernes 7 de Agosto Georgia decide invadir Osetia del Sur para aplastar la rebelión, lo que provocará la abrumadora respuesta del Kremlin.

Cáucaso, región estratégica:
Georgia es un país semicolonial, y como tal, presenta un paisaje dicotómico: por un lado, rural y pobre; por otro, rico en recursos gasíferos y petroleros y geoestratégicamente situado entre el mar Negro y el Caspio. Al sur, es una “ventana” a medio oriente, es decir, a Irak – Irán – Siria, países integrantes del “eje del mal”.
La región es rica en hidrocarburos, y en ella se encuentran los principales oleoductos y gasoductos que abastecen a Europa. Por Georgia, y en especial por su capital Tibilisi, pasa el oleoducto Bakú – Tibilisi – Erzurum, lo que afecta de entrada a Azerbaiyan, Georgia y Turquía.
En la Unión Europea hay posiciones encontradas, puesto que hay países más o menos dependientes del petróleo ruso. De manera que si Inglaterra y Francia piden revisar el papel de Rusia en el G8 (ahora G7) o congelando su participación en la OTAN, por otro lado Alemania trata de buscar soluciones más “diplomáticas” puesto que Rusia es su principal socio energético.
Saakashvili, presidente de Georgia es presentado como prooccidental, además de haber estado negociando su ingreso en la OTAN. Esto lo hace un estrecho aliado de los EE.UU.
Por otro lado, Polonia y la República Checa han acordado con Estados Unidos, la instalación del “escudo antimisiles”, lo que representa una “amenaza directa” para la seguridad de Rusia, según Serguei Ivanov ministro de Relaciones Exteriores ruso. A esto se suma la decisión de Ucrania de restringir la entrada y salida de la flota rusa desde el puerto de Sebastopol. Yushchenko, al igual que Saakashvili intenta ingresar a la OTAN y la Unión Europea.


Todas estas medidas “antirrusas” ponen en “peligro” la influencia Rusa en su propia región. La cuestión es que los antiguos burócratas de Moscú, devenidos en burguesía (tras el colapso de la URSS) ya no pueden seguir otorgando las inmensas concesiones a Occidente que acabarían por limitar las enormes ventajas económicas que los precios del crudo (y los recursos naturales de toda la zona – ahora en disputa) podrían ofrecerle para apuntalarse como potencia mundial.
Estados Unidos, si bien es innegable su papel como potencia económica – militar, ha perdido en los últimos diez años, su condición de potencia hegemónica. En relaciones internacionales se ha comenzado a hablar de una incipiente, pero inevitable, “multipolaridad”. Aprovechando estas circunstancias Rusia (subimperialismo regional) intenta alcanzar la posición que gozaba en la era soviética.
Pero hay algo que queda claro, EE.UU. no renunciará a su condición de única potencia sin dar batalla. El clima bélico reinante es producto de la actual situación de crisis económica mundial. Si ésta se agrava lo suficiente un nuevo reparto del mundo es inevitable.
El acuerdo entre Varsovia y Washington por el escudo antimisiles generó una respuesta contundente y que pone de manifiesto el nivel de destrucción al que puede llegar la escalada. El 15 de Agosto, Alezander Nogovitsin del Estado Mayor de las FF.AA. rusas declaró que “Estados Unidos se ocupa de la defensa antimisilística propia y no de Polonia, mientras Polonia, desplegando el escudo espacial de EE.UU. se pone sola en la mira, al ciento por ciento. Esta volviéndose objetivo de una respuesta”.
El general ruso recordó, además, que la doctrina militar rusa permite al país emplear en tales casos las armas nucleares.
La configuración de alianzas está en camino. Londres llamó a formar la mayor coalición posible contra la agresión rusa en Georgia; esto recae en el G7. La crisis se profundizó por el reconocimiento por parte de Rusia de la independencia de Osetia y Abjasia.
El gran problema de Europa es que no puede tener una confrontación con Rusia (diplomática y de largo plazo) debido a la dependencia que tiene de su petróleo y gas. Y EE.UU. además de estar empantanado en Afganistán e Irak sufre la peor crisis económica desde 1929.
Tal vez la multipolaridad tan pregonada por los académicos de las relaciones internacionales no traiga la estabilidad global que a dicho concepto se le adjudica.
29/08/2008